Archivos Mensuales: marzo 2017

La hora de la comida, ¿tortura o momento feliz?

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Me he animado a hacer este post ya que leo la angustia en los comentarios de muchas de las madres que llegais por aquí. Sé reconocer ese sentimiento y sé ponerme en vuestra piel porque yo he estado ahí. He igualmente tengo la convicción de que con el paso de los meses, como me pasó a mí, en muchos de los casos aprendereis a aceptar que vuestros hijos son así, tienen esta constitución y jamás se morirán del ansia por devorar un bocata de chorizo, aunque quizás un día sí se animen a probarlo poco a poco. O no, pero le gustarán otras cosas aunque sin las mismas ganas de otros niños…

Sobre todo, lo que hará la experiencia es que dejeis de ver las horas de la comida como una tortura. Y sí, muchas veces andareis detrás de ellos para que terminen el plato o llevareis la paciencia al límite, pero siempre debeis recordar que si vuestros hijos os ven pasar un rato como un mal trago, también lo será para ellos. Entonces, ¿por qué no hacer de la comida un momento de juego y alegría como otros?

Vivamos el momento de la comida como algo alegre, que apetezca no sólo por los alimentos. Acompañemos a nuestros pequeños comiendo a la vez con ellos. Algunas veces si ponía a mi hija a cenar antes, mientras yo iba haciendo más cosas, ella me miraba con cara de disgusto y decía: “Jo, es que yo no quiero estar sola…”. Y si lo piensas fríamente, tiene toda la razón: si hay algo que ya de por sí te gusta poco hacer (comer) y encima te dejan solo y sin ningún aliciente para que sea algo apetecible… ¿qué tiene pinta de que va a suceder? 

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Desde entonces procuramos comer juntos, o si no es posible, al menos alguno acompañarla a ella mientras para hablar de cosas juntos, mostrarle cosas que le gusten… hacer de éste un momento especial. Que por las buenas siempre tendreis más posibilidades de saliros con la vuestra, queridos padres, ya os lo digo yo… Y, por qué no, jugar. ¿Quién ha dicho que no se puede jugar en las comidas? Evidentemente, no era un niño. No se trata de destrozar la comida, me refiero a inventar juegos mientras comemos, convertir la mesa en un lugar agradable para ellos. ¿Verdad que tú disfrutas de una buena comida con una buena charla con amigos? Pues un niño NO. Porque un niño se aburre teniendo que permanecer sentado en el mismo sitio durante al menos media hora, comiendo cosas que no le gustan (o teme probar) y encima escuchando soporíferas conversaciones de mayores, que encima no entiende. Pero eso puede cambiar si empatizamos, trasladamos la charla a su nivel y hablamos de cosas que le gustan, comentamos los planes divertidos que tenemos a la vista (las próximas vacaciones, una visita al zoo o a los abuelos, la fiesta del cole, su mejor amigo…), hacemos formas divertidas con los trocitos de filete hasta que desaparecen del plato, barquitos de pan en la sopa que nos comemos… ¿y qué tal si lo hacemos en nuestro propio plato para que se sientan animados a imitar?

Comer juntos ya no sólo es buena idea por aquello de “tenerles disfraídos y acompañados”, sino porque además crecen considerablemente las opciones de que el pequeño “malcomedor” se anime a probar algún trocito de nuevos alimentos que no ha catado previamente y que encuentre en vuestros platos. 

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Hacerles partícipes en la elaboración de los platos o a la hora de poner la mesa si tienen edad para ello puede ser otro aliciente para que se encuentren más receptivos. Por pequeña que sea la tarea a realizar (acercaros los ingredientes, amasar con sus manitas, espolvorear la ensalada con trocitos de jamón…). Si aún son bebés igualmente les podemos ir enseñando cómo vamos haciendo la comida o sacando los platos para familiarizarles con ello mientras cantamos o les enumeramos los nombres de los alimentos en la mesa para que intenten repetirlos.

Otro consejo basado en mi experiencia: si les dais a probar nuevos alimentos, que no sientan que se lo estais imponiendo. Hay que actuar de manera sutil para que, en todo momento, crean que la idea de probarlo fue suya. Comentad entre vosotros lo exquisito que está ese plato nuevo, o resaltad por ejemplo el color o la forma: “fíjate, si es de mi color favorito”, “qué chulada, si parece que ha salido con forma de nube”. Si el pequeño sigue indiferente, podeis optar por ofrecérselo directamente, pero si dice que no, es preferible no insistir. Dentro de unos días podemos volver a intentarlo y quizás el resultado sea diferente… 
Básicamente, se trata de que los niños a los que les cuesta un poquito se sientan alegres e integrados en las comidas, dejen de verlas como un campo de batalla y pasen a disfrutarlas como un premio por poder compartir ese ratito junto a su familia. Y que, lejos de pensar que se les obliga a hacer algo que quieren, empiecen a sentir un deseo libre de probar nuevas cosas. En realidad, convencerles de algo que no querían hacer pero de una manera más inteligente, sana y menos beligerante para todos. 

Si os sirven estos consejos o teneis algunos de vuestra cosecha, no dejeis de compartírnoslo. Sobre todo, espero que pronto podais sentir esas comidas que ahora se os atragantan como un espacio más feliz para todos.